Perlman en el Teresa Carreño Fotocrédito: Sandra Bracho/AP-El Nacional
Redacción – Con material de MARJORIE DELGADO AGUIRRE- Dos días estuvo Perlman en Caracas. Le quedaron las ganas de volver.
Hubo episodios que hicieron que su visita al país se convirtiera en una experiencia que no podrá borrar de su memoria, afirmó.
Perlman habló como quien tiene la sensación de haberse quedado con las ganas de ver y escuchar más, aunque, aclaró, fue lo suficiente como para empeñarse en volver.
Cuando Dudamel subió la batuta y Perlman puso sobre su hombro su extraordinario Stradivarius, del año 1714, comenzó un episodio que tanto Dudamel como José Antonio Abreu calificaron de histórico.
Al mediodía, siguió el trajinar. Con la ayuda de su silla de ruedas (el violinista sufrió poliomielitis a los 4 años de edad) fue hasta la sala contigua. Allí lo esperaban los integrantes de la Orquesta Sinfónica Juvenil Teresa Carreño, que dirige Ulises Ascanio.
Perlman, conmovido, pidió un bis y vendría otro, uno que no se esperaba.
En otra sala, estaba el Coro de Manos Blancas, conjunto de niños con discapacidad visual y auditiva. Cualquiera que haya visto a este coro entiende por qué a Perlman, cuentan los que estuvieron allí, se le aguaron los ojos.
Algunos de los músicos le entregaron su propio par de guantes y el violinista no tardó mucho en ponérselos y pedir que le enseñaran a hacer música con ellos.
Al mediodía tuvo un almuerzo que fue amenizado por C4 Trío. Por supuesto, con un cuatro en la mano, estos jóvenes venezolanos son capaces de hacer voltear hasta al más arisco. Perlman no es precisamente un esquivo, así que no fue tan difícil que la periquera "seis por derecho" que tocaron hiciera que quitara la mirada del plato.
En la noche, en el Teatro Teresa Carreño, el primer concierto a casa llena. Dudamel dirigió "La consagración de la primavera" de Stravinsky y luego el Concierto para violín y orquesta en re mayor de Beethoven.
Fueron en total 15 minutos de aplausos y la despedida con un pañuelo blanco.
El miércoles, más ensayos y otro concierto en el que Perlman interpretó el Concierto N°5 en la mayor de Mozart.
Allí le pusieron la medalla con el lema de la orquesta: "Tocar y luchar". Él sabe lo que esas palabras significan.
El violinista Itzhak Perlman se fue ayer en la mañana, pero antes dijo: "El sistema es más de lo que esperaba. Todo lo que pasó fue absolutamente único para mí. Me siento casi sin palabras (...) Tengo una escuela de jóvenes violinistas junto con mi esposa y sería cuestión de venir otra vez para absorber un poco más lo que se está haciendo aquí académicamente". Se fue con sus guantes blancos, que quizá estarán de vuelta.